De los pecados de mi juventud y de mis rebeliones,
no te acuerdes;
Conforme a tu misericordia acuérdate de mí.
Por tu bondad, oh Jehová.
Salmos 25:7
Bueno….. son muchas las cosas de las cuales Dios nos perdona,
no importa lo que haya hecho, o lo que esté haciendo y de lo cual ciertamente me arrepienta,
Dios en su incomparable misericordia olvida nuestras rebeliones.
Todo eso es una gracia inmerecida, de la cual disfrutamos sin habernos ganado ni siquiera una pizca de ello.
Ahora bien, no es justo que seamos reincidentes en el pecado aun cuando sabemos antes de cometerlo
que no está bien. Cuando nos hacemos permisivos a ello, llega un momento en nuestras vidas donde lo cometes con naturalidad y ya no te causa ningún tipo de remordimientos. No tenemos que llegar a ese punto, pues aunque Dios en su infinita misericordia nos perdona, no dejaremos de sufrir las consecuencias. Las cosas no van a fluir como Dios quiere que fluyan, te vas a encontrar tantos obstáculos en el camino, tal vez llegarás a la meta ( propósito de Dios) pero por el camino de mayor dificultad.
Lo grave no es el pecado en Si, pues viene a nuestras vidas por nuestra propia naturaleza humana, lo peor es que nos pasa como David, (Miró a Betsabe , la codició, concibió el pecado en su mente, y luego la tomó) , y es precisamente ese el proceso que debemos interrumpir a tiempo.
Miramos, concebimos y ejecutamos………. La fortaleza de Dios y el reconocer a tiempo esto puede evitarnos terribles consecuencias.
“Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación…” (2Cor.7:10).
Cuando el cristiano, aquel que se ha comprometido con Cristo, peca y por ello lo que experimenta es “remordimiento” y no dolor, debe venir urgentemente delante de Trono de la Gracia y suplicar al Dios misericordioso que en lo adelante, ante una caída pecaminosa, no sea esto lo que se manifieste en su vida.
Debemos ocuparnos fervientemente de no satisfacer los deseos de la carne; ahora bien, si pecamos, que el Señor tenga misericordia y permita que su Espíritu Santo obre para que lo que surga en nuestra alma sea ese arrepentimiento que es según Dios y por el cual ciertamente -por el Bendito Jesucristo- tenemos esperanza…
Amén!